Acostumbrado equivocado no veo el Cielo esta nublado.
Apareciste sin que te buscara nadie no esperaba encontrarte ahi tal vez tu brisa no tenia sombras no tenia nada fue todo lo que vi.
Me prestaste un beso me prestaste calma me prestaste todo lo que me faltaba
Tenes la receta justa para hacerme sonreir y todo el tiempo sabes lo que me asusta sabes lo que me gusta estar con vos.
Me robaste el cuerpo me robaste el alma ya es tuya la voz con la que antes cantaba.
Me quitaste el sueño me quitaste el habla pero si estoy con vos no necesito nada
(No Necesito Nada - No Te Va a Gustar)
No puedo terminar de escuchar esta canción. Estoy sentado en otro aeropuerto sin palabras. No puedo escribir nada. No se como decirlo con mis dedos y menos con mi garganta. Me presto estas palabras para escuchar y para decir. Dejo mi corazón. Lo presto y te lo regalo. Regresare por mis latidos. Retornare por mi aliento.
Foto: En el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, con mi postura de nuevo revolucionario. Una revolución personal, única e inevitable.
Sólo estoy sólo y estoy solo buscando a alguien. Solo a alguien que me está esperando. Que me espera y me condena. Me entiende y sino me entiende me comprende.
Alguien que recuerdo cuando estoy lejos y extraño cuando estoy cerca. Una ella que es ella y que sabe quien soy yo. Un amor errante. Un cariño ambulante.
Soy el vagabundo de tu pequeño mundo. Camino por tus pensamientos. Corro rumbo a tu vida.
Estoy cansado de vagar. Loco por despertar. Solo quiero volver a una casa. A mi casa. El hogar que abandone. La cama que deje sin tender. El corazón que olvide.
Quiero reencontrar a esa niña perdida. La que se extravió en mi vida. La que se equivoco en mi ruta.
¿Cómo puedes conocer tanto a alguien y al final no saber ni como se llama? Su nombre era el sonido que conocí desde que nací. El primer nombre que escuche al nacer y sin embargo no sabía quien era.
Sabía que su piel era tan suave que mi tacto se desvanecía al tocarla, pero no conocí la razón de la cicatriz que interrumpía la perfección.
Conocía el color verde que se escondía tras el iris de sus ojos marrones, amarillos y pardos; pero no sabia en quien pensaba cuando su mirada se perdía.
Hablaba con una voz aguda y casi silbada, sin embargo no entendí sus silencios y aún menos sus palabras.
Encontré el sitio donde siempre estuvo parada, pero nunca conocí el lugar dónde se escondía. Conocí su deseo y pasión pero no supe si quería amar. "Siempre he preferido un beso prolongado, aunque sepas que mientes aunque sepas que es falso" .
Cita: Nuevamente Heroes del Silencio. Aquí les dejo el video de La Herida. En Buenos Aires me esperan...
Tal ves amar es ese sentimiento que alguna ves esa otra niña despertó en mi. Esa chica, la de mis insomnios permanentes y sueños irresolutos. Ese amor duradero mas allá del tiempo, espacio, distancia, confrontación, llanto, peleas, novios, novias, besos o sexo. Ese tipo de debilidad insana que te hace hacer lo que sea por ella.
Desde bochornosas cartas de amor y dolor, pasando por mails cobardes declarando todas las frustraciones amorosas por ella, hasta implacables desplantes para provocar su ira. No saludarla cuando entras, ignorarla cuando se te acerca y hasta besar a otra chica para llamar su atención. Una de esas mujeres con la cual siempre tienes que ir en sentido contrario al tiempo y espacio para lograr su reacción.
A una de esas pocas chicas a la cual uno es capas de decirle de manera extremadamente directa por que te gusta. La única persona con la que haz podido definir con palabras porque la quieres tanto . “me gustas por tu eterna incertidumbre por querer pero no amar y por amar pero no adorar”.
Una de esas mujeres que te pueden convencer de asesinar tus juramentos. Con una caricia en la mejilla, con un guiño instantáneo, con suave abrazo, con un susurro irresistible. Una de esas chicas que siempre están en tu lista de promesas a olvidar.
Una de esas lindas niñas por la que siempre te queda la loca y absolutamente remota posibilidad de poder, algún día, cuando ese día se a noche y esa noche día, estar con ella. ¿Eso es amor?
La frase "Ahora estás en mi lista de promesas a olvidar" es de La Chispa Adecuada de Heroes del Silencio.
¿Qué debo sentir para saber que es amor? Tengo una carencia y es que no se que significa ese verbo tan mal utilizado y constantemente manoseado: amar. En los siguientes días pasaré a describirles mis taras congénitas - emocionales:
Algunas veces cuando empiezo a salir con una linda chica, ya sea cuando tenía 15 ó ahora que tengo 30, comienzo a sufrir síntomas casi irreproducibles. Son padecimientos tanto físicos como mentales. Me invade una sensación que me parte en dos. Siento un ahogo en la garganta que me asfixia y una presión en el estomago que casi no me deja probar bocado.
Me invade una constante e irrefrenable ansiedad por verla. Tengo un recuerdo permanente que no me deja soñar. Me toco mi propia mano como si fuera la suya y ensayo al detalle todas las conversaciones que he tenido con ella. Rebusco entre los recuerdos e intento extraer esas pequeñas frases que me den aliento y esperanza. Luego me invade un pésimo irrefrenable y se vienen a mi todos esos gestos que demuestran que tanto no le gusto.
Cuando mi corazón combina lentos latidos y estrepitosos espasmos me tiro al suelo frío boca arriba y busco soluciones en el techo. Las lámparas nunca dan respuestas, lamentablemente. Otras veces cuando las taquicardias me atacan, fugo de mi casa y empiezo a caminar sin sentido alguno. Fumo y camino. Aspiro y corro. La ansiedad a veces desaparece. Además también el humo dulce me da respuestas. Me abre la mente y me da lucidez.
En otros momentos mi incertidumbre me lleva a tomar el toro por las astas. Agarro el celular y mato mis temores. A veces son pequeños suicidios emocionales. En otros instantes también ensayo respuestas por mail que casi nunca mando. Tengo una docena de borradores de correos que jamás envíe.
A veces ensayo el guión de mis próximas conversaciones. Hasta musicalizo los encuentros. En medio de “Como te va mi amor”, de Arena Hash, me le acerco entre una maraña de gente, le sonrío con frialdad y ella sin mediar palabras me abraza y se apoya en mi hombro. Nunca sucede lo que planeo sino todo lo contrario. Seguro nunca pasan esa remota y vieja canción y cuando la miro con cara de sucedido ella se espanta y se va indecorosamente rápido. Maldita sea (perdón, se me vino ese pesimismo que les conté líneas adelante).
Los desenlaces son múltiples y por momentos increíbles. Después de tanta ansiedad no hay una sensación más maravillosa que comprobar que puedes abrazarla y besarla. Sin culpa, sin temores. Siempre la miro a los ojos por varios segundos y le toco el rostro para comprobar que es verdad. Otras veces no paso de ser rebotado unas cuantas veces (nunca llamo más de tres veces, esa es la regla) e ingreso en un laberinto de preguntas en un gran acertijo imposible. Pero cuando arrastro los pies siempre recuerdo cuando estaba volando. ¿Eso es amar?
(Puse la foto de Natalie por puro placer)
Nota: Les dejo un vejestorio musical con un videoclip impresentable de Arena Hash. Por favor escúchenlo pero no lo vean. La letra combinada con el cambio de ritmo en medio de la canción es genial.
Pasan y pasan. De derecha a izquierda, de un lado a otro. Como el paisaje de fondo en las caminatas de Pedro Picapiedra. Una banda de imágenes repetitivas e infinitas. Yo en un muy cómodo mueble en el aeropuerto de Atlanta veo como se me pasa la vida pensando en un amor efímero.
Una delgada y respingaba mujer de ojos claros camina como flotando. Un marine, recién llegado de Irak, corre sin mirar y se pierde entre el color crema del piso. Un impresionante gordo de 300 centímetros de diámetro hace su paso con un andar rítmico. Una mujer de piernas de galgo y torso de serpiente se arrastra con los ojos extraviados.
Una beldad de pelo negro, ojos más negros y sonrisa diforzada busca la mirada de los hombres. Cuando se va, la observo alejarse y ella con un sexto sentido se da cuenta que la admiro. Voltea y me mira con bronca y orgullo. Yo le sonrío.
Repaso mis pensamientos y me pregunto ¿Me gusta?, ¿Por qué me gusta? Intento dilucidar un futuro y la imagen más próxima no llega más allá de un mes de distancia. Vaya que soy ahora un especialista en lo inmediato. Otra vez pasa esa mujer de ojos relampagueantes. Me distraigo, pero regreso. Es la búsqueda de no buscar la que me lleva a una mujer que me gusta y amarga.
Su linda sonrisa radiante me atrae y me pierdo. Vuelvo. Nunca antes alguien me había demostrado tan poco. Tenemos algo llamado nada, o sea una relación llamada no relación. Las bellas piernas de la diva de pelo azabache se llevan mis pensamientos. ¿Relación?. No hay relación. Que piernas de esa mujer. Voy desde sus tobillos con medias blancas, hasta las rayas rojas de su pequeño short.
Quizás solo andaba extraviado y me enamore de mi reflejo. Repaso palabras como "si me dejo llevar" ¿llevar a dónde? Los labios tan rosados de la post adolecente de cabellera negra me dejan absorto Regreso a mi dilucidación.
Creo que me estoy convirtiendo en un detector de amores imposibles. Desato nudos y anudo cuerdas. Siempre encuentro una puerta de escape. La lejanía es mi aliada. El amor si tiene distancias. 100 kilómetros. Su cabello se revuelve con el aire del ventilador. Una bella espalda sin fin. Me pierdo de nuevo y en verdad esta vez no quiero regresar.
Quizás huelo lo efímero y me le acerco sin temor porque sé que hay un epílogo. Es como ver una buena película repetida. No como las francesas con final abierto. Mejor estas relaciones mudas donde no se puede decir que se siente. En las que escapas y huyes aunque no sabes quien te persigue. Ella tiene las mejillas rosadas mezcladas con una sonrisa larga. La miro. Ella se da cuenta. Sonríe y agacha su cabeza. Yo regreso. No puedo dejar de pensar.
Conclusión: soy un descifrador de laberintos con soluciones a la vuelta de la página. Ya se como resolver un juego antes de empezarlo. El destino siempre es previsible. Si te pregunta si estás dormido, despiértate, miente y di que estas en el umbral de tus sueños. Si te interroga si estas enamorado, miente y responde que solo crees en lo efímero. La linda niña de rizos negros espía lo que escribo. Ahora está a mi lado. ¿Qué haces aquí? Ella ríe. La amé por diez segundo. Mi avión está por partir.
Una vez más estoy frente a este camino. Dos paralelas que se unen en la oscuridad. Una ruta, un trayecto, un fin. ¿Corro, trepo, troto o camino? He desechado un mapa, la brújula y no le hago caso al sol. Caminaré de espaldas y con los ojos bien cerrados.
Bucearé contra la corriente y correré en el sentido contrario a las manecillas del reloj. Siempre huyendo del horizonte. Siempre seguro de no estar seguro. Caminaré de espaldas con los pies volteados y a ciegas pero mirando con el ojo de mi nuca.
Ella pide que me aleje pero se acerca. Me empuja pero me atrae. Me espanta pero me llama. Yo la ignoro pero la espió, la evito pero la me la tropiezo, le huyo pero siempre me la encuentro.
No me gustas porque espantas mis promesas, ignoras mis juramentos, destrozas mis sueños. No me encantas porque atraviesas mis pasos, corrompes mis ilusiones, aceptas mis palabras. No me atraes porque respiras mi aliento, obsequias tu cuello, abrazas mi mano. Te quiero porque huyes de tus deseos, apartas tus sensaciones, reconoces tus debilidades.
Las palabras están de cabeza y el mundo gira al inverso. Salto y me hundo, corro y me alejo, te traigo pero te vas. Una ruta para atrás con curvas rectas, cerros profundos y pendientes muy planas. En zigzag, sin parar, sin hablar y sin sentir.
Cuan triste puedes ser después de haber raspado el fondo de una botella de raticida. De haber rascado tu tumba después de haber sido enterrado. Más desesperación e incertidumbre no se puede sentir y eso te hace invencible.
Yo tengo un superpoder. Cómo un X- men, algún tipo de radicación me dio un don especial. El don de regenerar las heridas. De ser casi invulnerable a la tristeza permanente. De lograr sacar una sonrisa a pesar de que un puñal de maldad atraviese mi cuerpo partiendo en dos mi corazón.
Este gen mutante lo obtuve después de ese gran dolor que me dejó casi al borde de la desconsolación eterna. Era un post adolescente de 21 años cuando mi novia, 5 años mayor terminó conmigo.
Estaba en un pestilente bar miraflorino cuando ella apareció con muchas cosas en una bolsa. Objetos todos entregados de distintas maneras pero con un mismo sentimiento. Una cámara de fotos, mi polo preferido, un libro de Fuget y una foto en blanco y negro. Me miró a los ojos y lanzó un disparo directo a la cien. Esto no da más.
Yo sentado. Yo y una media sonrisa. Yo y mis brazos cruzados. “Un toque voy al baño”. Miré el espejo y vi esa cara de pobre diablo que solo se puede tener cuando te cortan el rostro. Lancé el puñete más fuerte de mi vida. Mi mano contra ese muro resinoso hizo retumbar el cuarto. Mis nudillos se habían reventado. Mis huesos comenzaban a resquebrajarse. Odio, furia, dolor, triste. Mierda, solo mierda radioactiva.
Regrese a la banca vieja donde ella estaba sentada. Asenté con la cabeza. “Un gusto”. Me levanté. La acompañé a tomar su taxi sin mediar palabras. En el camino tiré la cámara a un arbusto, el libro a un basurero y el polo lo amarre a mi cintura ¿Qué botaste? Nada. Seguimos caminando. Antes de despedirme me acerqué a su oreja y le susurre. Ya no te quería. Agarré su mano la hice un puño y la obligue a coger la foto.
El taxi se llevó el amor más grande que había sentido en mi corta vida de enamorado. Luego corrí. Quería ver si mis piernas se quebraban. Quería que mis pulmones exploten. No había semáforo que me parara, ni autos que fueran obstáculo. Corría por en medio de una avenida. Después de 5 cuadras quedé sin aliento. El corazón se iba a salir por mi boca. Lo quería vomitar. Unas gotas de un líquido salado brotó por mis ojos. Después una arcada me apretó el estomago y una bola de saliva se salió por mi boca.
Lloré por más de una hora apoyado en un árbol en medio de una avenida. Luego me arrastre a mi casa. Tres diazepanes, un trago de vodka y a dormir. No hubo sueños, ni pesadillas, solo un vacío inmenso que se esparcía.
Tres días después una llamada tempranera me despertó. Mi papá a muerto, dijo ella. Pospuse mi miseria y me puse mi único terno oscuro. Volé al velatorio y velé a un papá ajeno por ocho horas. La observé todo el tiempo.
Un fornido personaje siempre estaba cerca de ella. La consolaba, la abrazaba, la apoyaba. Era tan egoísta que los celos me mataban. Y era tan miserable que buscaba la oportunidad para abrazarla y besarla. Pero solo me quedé al fondo de ese salón lúgubre con el martirio de ni siquiera poder odiarla.
Cuando el cajón estaba a punto de entrar al nicho ella me buscó con la mirada. Estaba desesperada. Yo la espiaba al final de la fila. Me vio, espantó a la gente como moscas y alargó tanto su brazo que llegó a mi. Me jaló sin moverse de su sitio y muy pronto yo estaba adelante. Me apretó la mano y miró hacia arriba. Su papá ya estaba tapiado. Gracias, en verdad gracias.
Una costra se formó en el ventrículo derecho de mi corazón. Mis canales de lágrimas se sellaron. Me hice invulnerable al dolor permanente. Al desencanto eterno. Ante cada desilusión llegaba un nuevo sueño. Y así como lloraba, reía.
Hace unos días viví la prueba de fuego. Era una fiesta inmensa donde la alegría se desbordaba. Esas fiestas en donde el destino junta todo y lo revuelve. A mi espalda un viejo amor se besaba con un nuevo amor. A mi derecha la chica de mis locuras bailaba sin parar, sin ni siquiera mirarme. Al fondo mi ex departía muy feliz con su nuevo novio. Yo miré al cielo que me escupía su llovizna ¿Que más? Tira tu mejor golpe.
Sonreí, me perdí en la multitud y me sentí invulnerable. La gran costra en mi corazón absorbía el dolor. Regeneraba cada lágrima y la hacia hielo. Yo lloro hielo seco. Los sollozos se hacían eco en mis pulmones. Yo respiro llanto helado. Los lamentos eran bloqueados por mi lengua. Yo tengo una saliva de gélida desconsolación.
El truco es recordar el día más triste que haz vivido. Rememorarlo y evocarlo. Transportarlo, compararlo y asimilarlo. Si el dolor es aun más grande, tienes un nuevo y terrible recuerdo para ser aun más invulnerable.
Músicalización: Este post lo escribí escuchando esta canción: I am not addict de Janes Adicction. Lean y escuchen a la vez.
Mi voz: Gracias a Perú.21 por recomendar mi Blog.Cada vez somos más en el nido de ratas
Tengo tres amigas. Todas ellas hacen una novia. Una es ternura pura y un alma tan gemela que no me queda otra que compartir mi vida con ella. La otra mi maestra y guía de la seducción. Siempre atenta a mis malos pasos y a mis continuos errores de amor. Ella es mi lado fiel en el fondo. Y finalmente, mi amiga de sonrisa absoluta y la alegría de mis días. Un extraordinario reencuentro con esa felicidad que tanto extrañaba.
Por otro lado, tengo muchos amores y todas juntas son lo que busco. Una es la incertidumbre personalizada. Nunca se, si me quiere, ama o desea, y a pesar de todo nunca se va de mi lado. A veces me busca, me mira, me seduce. Yo siempre caigo rendido con tan solo una pestaña suelta de ella. Nunca tendré nada con ella.
Hay otra que me ama sin redención. Con ella soy el malo de la película. El Némesis de la superheroina Yo soy el creador de la posibilidad, de la maledicencia, del desprecio sin voluntad. Entre más le digo que soy un hijo de una perra sucia, ella insiste con mayor fuerza en buscarme una salvación. Tampoco tendré algo con ella.
Después esta la linda niña de cintura indomable. La de las ideas lascivas y los retos imposibles. Con la que puedo hablar infinitamente en mi cama. A la cual dejaría dormir en mi hombro para siempre. La que deseo de lejos y a la que quiero sin distancias. No puedo tener algo con ella.
Finalmente, está la que me teme y me espanta. La terca y obstinada. La que me observa pero dice que no me mira. La que me ignora pero siempre me llama. La que me niega pero me sigue. La loca, mandona y obcecada. Ella siempre va en sentido contrario. Siempre contra el tráfico y contra la corriente. Me gustan los caminos sin ruta sin duda..
Mis tres amigas que hacen una novia, dicen que la primera es mala, la segunda arrastrada, la tercera imposible y la cuarta loca. Para mi: una es mi previsible perdición, la otra una ilusa enamorada, la siguiente una irresistible tentación y la ultima un incógnita irreproducible.
Camino con los pies al revés, con los brazos anudados, con la boca cocida y la cintura torcida. Camino con una sonrisa leve, la mente clara y los ojos felices. Camino solo, ya no corro y no se si quiero escoger.
Se come las lágrimas. Se traga los gritos. Se rinde en silencio. Se abraza a si mismos. Se arrodilla desnudo. Se acurruca en los rincones. Se rinde en la oscuridad.
La música alta para no escuchar La ducha abierta para llorar La yerba para no sentir La televisión para no mentir La puerta como escape Una llamada como salvación
Un puño destructor Un insulto malsano Un vaso de cerveza valiente Una pastilla asesina
El sexo como olvido El amor como salvación.
Recomendación: la canción más triste del mundo (Fabio Junior - Lloro)
El avión Lan Perú, que venía de Cusco con destino a Lima, se estrelló este mediodía en los andes de Huancavelica. Según reportó la propia línea aérea no hubo sobrevivientes. Entre los pasajeros estaba un periodista de esta casa editora.
Las miradas tiesas de todos esos desconocidos. Un alarido que despertó los gritos. Un gran ‘crash’ que hizo todo fuego. Este es el fin. Hay gran alivio en mi corazón. Ya se que moriré. Siento una presión en mi estomago. Es emoción egoísta. Todos llorarán y yo aquí feliz a punto de ser solo una mancha de sangre. Respiro rápido, más rápido. Los gritos se vuelven una gran bulla que es solo silencio.
Aprieto mis puños. Reviento mis dientes. Me como la lengua. Volteo los ojos. Rompo mi columna. Atoro el aire. Seco mi cerebro. Nada. Blanco, no negro. No hay color, es un color sin color. El olor es de incienso lacrimógeno. No me puedo parar pero estoy levantado. No levito pero no peso. No camino pero me muevo. Todavía vivo pero no respiro, no lato, no muero.
La noticia llegó por la radio. Mi mamá se desmayo, mi papá no pudo con la noticia. Mi hermano se encerró en el baño. Mis amigas lloraron demasiado y mis amigos votaron lágrimas en soledad. (Yo también te quiero brother). Yo ahí tieso y pálido, con la boca semiabierta.
Por Dios, que alguien cierre mi boca y que me cambie de corbata. Por que me pusieron terno el día de mi funeral, si nunca use uno. Mejor hubiera sido mi casaca negra y mi bufanda de colores. Hay gente que nunca pensé que llorarían por mi. Creo que lloran porque tienen miedo que les pase a ellos también.
Mamá. Duerme. Mírame, no estás soñando aunque sueñas. No llores, no sufras, no mueras. El dolor te quema la garganta, te inflama el corazón y te lleva a la sin razón. Mamá no sufras, déjame ir y no regresar. Te quise tanto que alumbraría tus sueños de por vida, pero no podría morir.
Tu. No llores más. Yo se que me amabas, me adorabas, me anhelabas. Yo siempre te amé y fue la última persona en que pensé antes de… De verdad lamento no habértelo dicho (en realidad vuelto a decir). No haber arriesgado. No haberte traído de regreso. Se que te fuiste por amarme demasiado. No sufras más. Yo lo haré por ti. Hice todo lo que quise hacer. Maté a todos los que debí matar. Y a pesar de amar tanto nunca supe amar.
Era una cueva de vanidad. Oscuro con luces multicolores y música a un volumen grosero. La mesera, delgada y asustada, nos servía la cerveza, ante las ansiosas miradas y algunos besos volados de mis amigos de oportunidad. Era un desfile de baja costura, en donde cada niña que modelaba hacia la pista de baile, era víctima de un comentario mordaz y lascivo de uno de mis compañeros.
Era una de esas noches en las que uno sabe que no pasará nada y que, sin embargo, como un buen cholo terco, uno termina intentado algo. Al notar la algarabía solitaria masculina de mis amigos, opte por pasear por la zona de baile. Un cigarro en una mano y cerveza en la otra, partí armado a la travesía. Tocaban una canción de ‘Chemical Brother’. Yo saltaba con cada ‘punchin punchin’, pero poco después de unos minutos me senté en una esquina y, como siempre, acepté que esto no era para mí.
Pedí convidado varios cigarros, busque algunos encendedores y di muchas disculpas por un furtivo empujón. Esto nunca será para mí. Nunca podré recitar una frase estúpidamente premeditada. No podré mentirle a una mujer y hacerme el interesado de su banal existencia. Tampoco me venderé al mercado de la carne con una actuación humillante de rico papa de discoteca (terno blanco y camisa negra). Nunca seré un Don Juan actualizado o ese Fonsi de chasquidos mágicos o aquel John Travolta de baile iluminado.
Regresé. Me senté con mi jauría de aulladores amigos. “Ey ey”, por aquí. “Ts ts”, por allá. “Bss Bss”, más acá. A mis correligionarios de levante tampoco les iba nada bien. Pero la valentía del licor hacia su efecto y uno de los perros de caza salió al escenario. Dos pasos a la derecha, tres a la izquierda, un tambalear de rumba y la cerveza llegó al escote de una linda dama de turgentes senos de la barra. Yo como siempre un protector del decoro y las buenas costumbres salí al salvataje.
Lo abrace, saque de la escena y le pedí disculpas a la escotada dama. Ella, una linda morocha, odió a mi amigo y de paso a mí. Yo curado en salud, la miré con desdeño y seguí mi camino. Me fui a tomar una cerveza, para pasar el mal trago de este desprecio en versión continuada y sin cortes comerciales.
Una cola de cinco niñas me esperaba en la barra. Yo miraba al piso buscando algo que perdí, cuando un brazo con un tatuaje tribal se cruzo en mi sueño. Lindo tatuaje, le dije sin levantar la mirada. Los dibujos en los cuerpos siempre me traen recuerdos felices. En este caso ese brazo era de un cuerpo y ese cuerpo de una rubia de larga sonrisa.
Ella me preguntó si yo tenía uno, a lo que yo con simpleza le mostré mi antebrazo. Tengo dos ideogramas chinos al lado derecho, con un significado que ahora no viene al cuento. Ella sonrió y tomó un sorbo de su cerveza recién servida. “No te voy a preguntar que significa tu tatuaje, todos te lo deben preguntar”, me dijo.
Yo me olvide de pedir la cerveza, pero me quedé en la barra. Conversamos mucho y tal ves demasiado. Yo toque su brazo y tenia una cicatriz en el codo. Ella me quito la mano y dijo que fue un accidente. Yo sabía que no era un accidente y que era demasiada casualidad. Un choque que dejó una larga cicatriz en el codo, unos clavos incrustados en sus huesos y un brazo dibujado. Quizás estaba buscando lo que había perdido y el destino malsano me estaba jugando una mala pasada.
Siempre dije que nunca podría entablar una relación con una mujer que haya conocido en una discoteca. Pero en mi vida no existen nuncas. Ella amaba de manera desmedida, me abrazaba con fuerza hasta hacerme desaparecer y no se cansaba de mirarme a los ojos. Respiré hondo y profundo por primera vez en esos buenos aires.
Y así como apareció, desapareció. Sin pedir permiso ni avisando con anticipación. Un día sin sentido alguno no contestó más. Nunca más estuvo donde estuvo y mis llamados fueron escuchados pero ignorados. Ahora ella me pregunta si la extraño y yo de muy lejos le grito que sí.
“Si escuchas a un ángel, hablando de mi, nunca lo mires, es de mentira, ella no existe, es imposible”.
¿Un beso debe significar algo? Aquel encuentro tan cercano que provoca una intimidad instantánea. Ese intercambio de aliento, saliva, angustias, ansias, pasión, virus, temor, deseo, enfermedades, confianza y a veces amor, ¿Debe ser un reflejo de amor o de un simple y descarnado síntoma de excitación?
Nunca el primer beso es el mejor pero siempre el más recordado. La intrincada operación de saber que tu beso será recibido siempre es una angustia, que solo a veces tiene un ensalivado y placido final.
¿Cuánto besos haz dado con amor? ¿Cuántos besos has dado sin alcohol? ¿Cuántos besos rememoras? ¿Qué besos no quieres recordar? ¿Hay personas que besaste y ni siquiera recuerdas su nombre?
Yo estaba en un pasadizo oscuro en una cola de uno para el baño. Miraba con detenimiento la boca de ese ser angustiado del cuadro “El Grito” de Munch, sin darme cuenta quien estaba en la habitación de al lado. Aunque solo fui al baño sabiendo que ella estaba en el cuarto.
Era incapaz de ingresar a su habitación, así que opte por orinar mis miedos. Me moje el cabello, me mire al espejo y ví quien era. Un chico con pocos besos (casi ninguno técnicamente). Nunca iría a su cuarto.
Cuando salí estaba ella también estaba esperando el baño. Yo saque esa encantadora risa forzada que tengo y la intente dejar pasar. Me hice más delgado que nunca y me empine hasta estar en puntas de pies, como una bailarina de ballet, con tal de ni siquiera rozarla. Mi cuerpo entraba en dos centímetros cuadrados, mientras ella intentaba ocupar el máximo espacio posible.
Yo perdí el equilibrio y me apoye en sus hombros. Ella deslizo su mano derecha hasta llegar a mi cintura mientras la otra tomó mi mano en su hombro. Estábamos bailando un vals de un segundo. En ese instante ella me miró a los ojos, soltó una sonrisa e hizo un minimovimiento con la ceja hacia arriba.
Su mano en mi cintura se deslizó de milímetro en milímetro, mientras yo busque su otra extremidad para entrelazar sus dedos. Era una danza mínima, pequeña, casi imperceptible. Ella acercó su rostro como para decirme un secreto y yo incliné mi cabeza para escucharla.
Olía a vainilla y su cabello era tan lacio que mi rostro se deslizó hasta su cuello. La piel de su mejilla era muy suave y su aliento era de cerveza, cigarro y rouge. Mi boca fue de su oreja, a su mejilla, a su boca. Un microsegundo de inmovilidad y luego esperé el primer movimiento. Nunca supe quien beso a quien.
Ese beso lo recuerdo, lo deseo y lo quiero. Casi todos mis besos han sido solo un espasmo de carne contra carne, aunque casi siempre he querido vivir ese instante de amor inconmensurable resumido en una caricia de labios y lengua.
Él estaba aferrado al timón y no quería soltarlo. Estaba aferrado a su pesadilla más terrible. Su cabello estaba mojado por ron y su rostro húmedo por sus lágrimas. Una pistola calibre 38 estaba tirada en el asiento del costado y las balas desperdigadas por todos lados. El solo lloraba como un niño. Pedía por su mamá. Sollozaba palabras indescifrables. Yo lo abrace.
Lo acurruque en mi hombro mientras intentaba sacar sus manos del volante. Eran piedra fría y dura y de repente solo arena tibia y fina. Temblaba y tiritaba. Me miraba y no me reconocía. Sus ojos recorría mis ojos y sus manos apretaban las mías. Luego, solo desconsuelo. Sus palabras chocaban en distintas direcciones. Sus dientes retumbaban en su boca.
¡Me querían matar! ¡Me querían matar! Me dispararon en la cabeza. Me rosearon de ron. Decían que iba a ser un suicido. ¡Dios!, me querían matar. Gritaba desconsolado, mientras buscaba refugio en mi corazón. Jugaron a la ruleta rusa, me disparaban una y otra ves y se reían. Y se ríen hasta ahora. Están cerca, aun están cerca. El auto estaba atravesado en medio de la calle. La gente se arremolinaba, las sirenas se alejaban y yo tomé el timón.
Lloró durante días. Lloraba y dormía. Dormía y sollozaba. ¡No quiero morir.¡ ¡No quiero morir¡ grita a veces aún cuando duerme. Yo lo escucho al otro lado del cuarto. Siempre paso mi mano por su pelo blanco. El se queda en silencio. Otras veces corre por la casa y yo lo detengo y abrazo. El huye, siempre huye. Yo solo lo cobijo con mis brazos mientras él llora.
A veces no puede caminar. Sus piernas son gelatina, sus brazos puré. Balbucea mi nombre para que lo recoja. Yo salgo sobresaltado de mi cama siempre. Siempre lo abrazo y lo cargo. Ya nadie te sigue. Ya nadie te mata. Ya nadie te acusa. Yo estoy aquí. Para levantarte, abrazarte y amarte.
El era tan alto que nunca pude verle la nuca. El era tan fuerte que me cargaba con un solo pie. El era tan serio que nunca me contaba un chiste. El era tan héroe que nunca nos contó su vida. El era tan triste que nos hizo felices. El era tan importante que siempre nos olvidaba. El era tan hombre que siempre nos amaba. Ahora yo lloro con él, vivo por él y moriré cuando él se vaya. No te vayas aún. Aún hay espacio en mis brazos.
¿Usted cree que está enamorado? ¿Cuando ella le habla usted observa cómo su cabello se desliza sobre sus hombros o cómo sus labios se despegan lentamente, o cómo sus pestañas siempre dicen que no? Señor tengo que advertirle que está usted obsesionado, fascinado y empecinado por esa mujer.
Tengo que advertirle que los caminos no son fáciles a partir de ahora. Ella ya sabe que usted huele su aroma a vainilla cuando la abraza. Ya se dio cuenta que siempre aprovecha para tocarle levemente la mano cuando le invita un cigarro. Ya se percató que usted nunca ve ninguna película sino que la espía durante las dos horas.
Para esa mujer usted es un amigo seguro, un confidente entrañable, un compañero de celos, un seguro de confianza. Usted es quien siempre la mira a los ojos. Quien la busca en las fiestas. Quien siempre está para contestarle el teléfono. Quien nunca le negará una cita. A quien nunca amará.
En esta parte de este sendero hacia el dolor, usted puede tener una mínima oportunidad de lograr el éxito. Tiene que ser arriesgado y perseverante. Usted debe desaparecer de su messenger. No debe responder ninguna de sus llamadas al celular. No debe ir a saludarla cuando se la encuentra en un bar. No debe buscar más esas coincidencias premeditadas. Y si el destino lo acompaña y la encuentra en medio de una turba de pretendientes, debe levantar una ceja, saludarla y alejarse. Cuente hasta mil, cierre sus ojos, recele a algún santo y espere que ella corra tras usted.
Es todo un riesgo, lo sé. Es la sin razón de alejarse de quien más quiere. Es elegir el camino contrario que lo llevara al destino esperado. Una ruta en círculo, en donde tendrá que caminar de espaldas y en sentido contrario.
Yo le ayudaré a suicidarse ante ella. Ha lanzarse un disparo en la cien y salpicar todo su amor.
Ya no le envié flores, es muy tarde. Ya no le haga un CD con todas las canciones que la recuerdan. Escriba todo lo que sienta por ella. Deje salir esa arteria literaria que lleva dentro y repita la frase “me gustas por” en cada una de las oraciones. Vaya de lo mundano a lo inspirador. No se olvide de los detalles tiernos y también de los dolorosos. Después no se le ocurra mandárselo por mail. Guárdelo en su lap top.
Esperara con paciencia su llamada. Tendrá que ser un francotirador esperando al presidente. Ella necesitará contarle cual es su última conquista. Y usted, como siempre, será los oídos para sus relatos. Una vez que haya sido torturado con su íntima historia, solo mírela y sonría. Luego llévela a su casa. Maneje lento pero seguro. Ponga en el equipo del auto la canción “The Blower’s Daugther” de Damian Rice (de la película Closer). Una buena canción para un mortal momento.
Cuando este a punto de salir de su auto, deténgala. No deje que se vaya. Dígale la famosa frase “tengo algo que decirte”. Ella esperará lo peor. La bendita declaración que siempre quiso evitar. Usted deslice lentamente el arma que guardo al costado del asiento y cuando ella se percate apúntese en la cabeza y dispare. Saque la lap top. Abra aquella verdad escrita con sangre y sinceridad y enséñesela. Ella lo leerá. Le tocará el rostro y dirá. “No se que decir”. Luego dirá que no quiere perder su amistad y huirá tan rápido como el decoro le permite.
Después de eso usted sentirá un alivio interminable. Se acabo, por fin se acabo.
Ya no vuelvo, no regreso, no retorno. No hay media vuelta, no hay salida de emergencia. Solo un túnel sin luz al final. Solo corro sin pensar quien me persigue. Corro sin saber cual es la meta. Corro como un ladrón y no como un corredor.
Es una huida y no una carrera. No hay festejos al lado del camino, pero si muertos al costado del sendero. Sin aliento, sin descanso, sin pensar. Transito hasta desfallecer en una maratón suicida. Esperando que los pulmones revienten, que el aire se acabe, que las piernas se quiebren, que los brazos no se batan. Busco tropezarme aunque siempre salto. Busco caer aunque siempre me levanto.
Mis manos arañadas son el testimonio de mis tropiezos, mis rodillas raspadas las pruebas de mi torpeza. Las cicatrices en mi cabeza el reflejo de mi estupidez.
No tengo compañía. Corro solo por propia decisión. El arrepentimiento me ha llevado a desviar mi rumbo. A veces fue una dolorosa cuesta arriba y otras una hermosa bajada.
Tú fuiste mi camino. Una ruta con destino. Un resplandor en las penumbras. La única parada. El aliento en mi garganta. El último latido en mí usado corazón.
No hay arrepentimientos en mi nuevo camino. Ni dolor en la tristeza, solo resignación.
El silencio me ahoga. No hay más sonido que esa vibración casi imperceptible e impertinente que causa el silencio. Hay una penumbra tan clara que casi puedo ver mis pies. Comienzo a gritar para llenar ese vacío. Empiezo a dar pequeños alaridos para acompañar la oscuridad.
De mi cama al baño hay siete pasos. De mi cama a la cocina son 12 pasos. La ventana siempre deja traslucir la luz de la luna contra la pata derecha de la silla. Y la humedad que se deja traslucir del baño crece dos centímetros por día. La grieta del techo a veces parece un cristo barbado y cuando inclinas la cabeza un elefante con alas.
Estuve solo. De verdad solo. No es que quería estar solo sino es que estuve naturalmente aislado. Estuve en un lugar donde todos eran desconocidos. Donde ningún rostro sonreía. Era la exageración de mi permanente intención de soledad. Caminaba contando mis pasos, enumerando los tamborileos del rock que escuchaba con mi ipod, sacando la cuenta de cuantas rayas no pise en la ruta a mi casa.
A veces no hablaba por días. En realidad sí hablaba. Conversaba conmigo mismo y a veces no me soportaba. Los perros y gatos eran los mediadores de mis discusiones. Los cigarros la apariencia de compañía. Los lentes oscuros el protector de mi timidez.
Ahora estoy en un país de amigos. Levanto la cabeza y alguien me la quiere sacar. Abro mis brazos y recibo abrazos. Suelto una sonrisa y provoco carcajadas. El silencio fue ocupado por el ronquido de mi papa y la oscuridad fue reemplazada por el reflejo del televisor que nunca se apaga.
Tanta compañía y todavía abrazo mi almohada y le susurro a mi pared. Tanto bullicio y aún sigo solo escuchando mi voz. Cuantas sonrisas y todavía sigo llorando. Cuantos besos y aún tengo los labios secos.
Sabía que nunca lograría tener novia. Era un palillo de dientes. Delgado y largo muy largo. Pálido color madera pulida. Y una nariz puntiaguda y filuda. A mis 15 años había logrado alcanzar el metro ochenta pero lamentablemente mi peso se estancó en los 60 kilos. Huesos, huesos nada más que huesos unidos con muy poca piel.
Sentía que en mi rostro todo era grande menos mi cara. Una frente para jugar frontón. Unas orejas con unos pallares que parecían aretes. Unos dientes delanteros de roedor que decidieron sobresalir sobre mi boca sin labios. Y finalmente, mí ya comentada y aguileña nariz. Deje de ser un gringuito adorable, para ser un torpe blancón.
Siempre andaba a en la búsqueda de una protagonista de mis sueños. Maria José, una delgada y fina niña, fue la elegida. Tímida y de voz débil y aguda era la refinación hecha adolescente. Ella me odiaba. Me tenía repulsión. Cada vez que me acercaba a ella fruncía la nariz como si yo despidiera un hedor a perdedor. Ella sesgaba sus finas cejas ante cada intento mío de acercamiento.
Nunca le hable. Nunca la escuche dirigirme la palabra. Nunca ni siquiera la toque. Durante cuatro años la hice la actriz principal de la película de mi adolescente vida. Siempre soñaba que tras una casualidad inmensa terminábamos estudiando juntos y descubría en mí a ese curioso niño, de dilucidaciones inteligentes y cuestionamientos impertinentes. Tras cuatro años solo logré que me odiara más y más. A los 15 años entendí que nunca tendría novia.
La posibilidad casi cósmica de que me enamorara de una niña y que ella se enamorara de mi era tan difícil como que yo lograra un gol maradoniano en las rudas canchas de cemento de mi colegio. Cómo sería posible que mi obsesión por una chica pudiera ser correspondida con la misma obcecación. Que esta protagonista de mis cursis sueños saliera de la pantalla, me despertara y decidiera que yo fuera el descubridor de su extramundo. El manipulador de sus creaciones. Imposible. Era imposible. Nunca podría encontrar a esa mujer.
No estaba mal ser un solitario. Estudiaría hasta lograr un doctorado. Leería libros para ser un profesor enterado. Iría al cine tanto que lograría ser un director autodidacta. Tomaría tanta cerveza, ron y vodka que sería un barman consumado. Un “Pichulita” Cuellar pero con pene. Un Chinaski con destino. Un David Banner sin alterego furioso. No estaba tan mal ser un lobo solitario.
En los siguientes quince años, besé, tiré, quise, amé, odié, boté, despedí y extrañé a esa protagonista de mis indescifrables poemas. Poemas leídos por miles de fantasmas que habitaban mi habitación. Un cuarto oscuro y sombrío que encontró una ventana. Y después de amar, desear, llorar, lamentar, anhelar y adorar sé que nunca más tendré una novia.