Siguiendo con el ciclo música de cantina para cortarse las venas con la botella rota, les dejo otras dos canciones melancólicas y miserables que ayudan a hundirse en el abatimiento y la desolación. Les recomiendo abrir una cerveza o ron con Coca Cola, prender un cigarro, poner la música a medio volumen y buscar una mesa de madera. Abrácese a si mismo, junte su brazos y hunda su cabeza en medio. Tome grandes tragos de licor y respire todo el humo que pueda. Piense en todos esos recuerdos ridículamente románticos. Los instantes de los besos inocentes. Los momentos de los abrazos intensos. Reconozca la canción con algún instante de su vida. Entierre sus recuerdos en un vaso con trago.
Mozo dos más¡¡¡
El triste del maestro José José
Que triste fue decirnos adios
Cuando adorabamos más...
Hasta la golondria emigro...
Presagiando el final...
Que triste luce todo sin ti,
Lo mares de las playas se van
Se tiñen los colores de gris
Hoy todo es soledad.
No sé, si vuelva a verte después,
No sé que de mi vida será
Sin el lucero azul de tu ser,
Que no me alumbra ya,
Hoy quiero saborear mi dolor...
Nooo, pido compasion y piedad
La historia de este amor se escribio para la eternidad
Que triste, todos dicen que soy
Que siempre estoy hablando de ti
No saben que pensando en tu amor, en tu amor
He podido ayudarme a vivir, he podido ayudarme a vivir.
Hoy quiero saborear mi dolor, no, pido compasión y piedad
La historia de este amor se escribio para la eternidad,
Que triste todos dicen que soy, que siempre estoy hablando de ti
No saben que pensando en tu amor en tu amor,
He podido ayudarme a vivir, he podido ayudarme a vivir, he podido ayudarme a vivir.
El Ladrón de tu Amor de Gualberto Ibarreto
Soy el ladrón de tu amor
tu mal recuerdo
soy el nombre que no quieres mencionar
y al saber de tu desprecio siento miedo
que nunca nunca me puedas perdonar
soy el ladrón de tu amor
y estoy confeso
yo se bien que no estarás cuando me vaya
y aunque te duela más aprendes de esto
que quien te hace llorar... es quien te ama
que quien te hace llorar... es quien te ama...
Mostrando las entradas con la etiqueta triste. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta triste. Mostrar todas las entradas
miércoles, junio 18, 2008
domingo, junio 15, 2008
Música de Cantina

Mi mano se aferra al vaso como único sostén. Estoy a un punto de caer pero ese vaso lleno de cerveza me sostiene y levanta. Trato de respirar el humo del cigarro para intoxicarme y me engullo la canchita con el fin de asfixiarme.
Me perdí en mis pensamientos. En mi frustración y en mi desconsuelo. Mis amigos desvarían como siempre entre el humor absurdo y el chiste grotesco, mientras yo veo como la espuma de la cerveza cae por el pico de la botella.
Dos ancianos, uno regordete cabello cano y otro chato con los bigotes de brocha, comienzan a hacer resonar una canción. El hombrecito de labios peludos saca a relucir sus grandes uñas con un punteo de guitarra, mientras el gordito de cabello blanco aflauta la voz en el inicio de la primera estrofa.
Cansado de llamarte, con mi alma destrozada, comprendo que no vienes, dice la canción. Una guitarra que canta y una que voz solloza. Yo sonrío y me embuto el vaso de un solo trago. Tiro la espuma contra el piso y tiro el vaso con fuerza contra la mesa de madera. Mis ojos se inundan pero mi mano levanta las lágrimas. Miro las botellas de la barra. Me recuesto contra el viejo respaldar. Disfruto la canción, me regodeo en mi tristeza.
Levanto mi vaso y propongo un salud. Por ella, digo. Mis amigos se ríen de mi homenaje. Yo abro los ojos y dejó atrás ese instante de desolación. Sigo conversando, riendo y disfrutando. No puedo explorar la tristeza pues puede ser un camino sin regreso.
Dos canciones de cantina que siempre me acompañaron:
"Cuando llora mi guitarra", cantada por los Morochucos
Me perdí en mis pensamientos. En mi frustración y en mi desconsuelo. Mis amigos desvarían como siempre entre el humor absurdo y el chiste grotesco, mientras yo veo como la espuma de la cerveza cae por el pico de la botella.
Dos ancianos, uno regordete cabello cano y otro chato con los bigotes de brocha, comienzan a hacer resonar una canción. El hombrecito de labios peludos saca a relucir sus grandes uñas con un punteo de guitarra, mientras el gordito de cabello blanco aflauta la voz en el inicio de la primera estrofa.
Cansado de llamarte, con mi alma destrozada, comprendo que no vienes, dice la canción. Una guitarra que canta y una que voz solloza. Yo sonrío y me embuto el vaso de un solo trago. Tiro la espuma contra el piso y tiro el vaso con fuerza contra la mesa de madera. Mis ojos se inundan pero mi mano levanta las lágrimas. Miro las botellas de la barra. Me recuesto contra el viejo respaldar. Disfruto la canción, me regodeo en mi tristeza.
Levanto mi vaso y propongo un salud. Por ella, digo. Mis amigos se ríen de mi homenaje. Yo abro los ojos y dejó atrás ese instante de desolación. Sigo conversando, riendo y disfrutando. No puedo explorar la tristeza pues puede ser un camino sin regreso.
Dos canciones de cantina que siempre me acompañaron:
"Cuando llora mi guitarra", cantada por los Morochucos
Cansada de llamarte
con mi alma destrozada
contemplo que no vienes
porque no quiere Dios.
Y al ver que inútilmentete
envío mis palabras
llorando mi guitarra
se deja oír su voz.
Llora guitarra
porque eres mi voz de dolor
grita su nombre de nuevo
si no te escuchó.
Y dile, que aún la quiero
que aún espero que vuelva
que si no viene mi amor
no tiene consuelo
que solitaria sin su cariño me muero.
Guitarra tú que interpretas en tu vibrar mi quebranto
y que recibes en tu madero mi llanto
llora conmigo si no lo vieras volver.
Otro clásico: "La Copa Rota" cantada por Feliciano:
Otro clásico: "La Copa Rota" cantada por Feliciano:
lunes, diciembre 03, 2007
Herir y ser heridos
No quiero verte. No quiero verte más. No hoy, no sé si mañana. No lo sé. Buen viaje. Las últimas palabras que escuché de ella. Y a pesar de tan obvio rechazo, repasaba cada palabra intentado encontrar una duda. “No hoy”. Es una molestia del momento. “No se si mañana”. Es decir, puede ser que tal vez la vuelva ver. “No lo sé”. Lo está dudando. En el fondo todavía me quiere.
No sé que decirte. Ahora creo que no puedo asumir todo esto. No lo sé, tan solo no lo sé. Fuero mis últimas palabras antes de despedirme de ella. Planeé esas palabras durante dos semanas. Frente al espejo, antes de dormir y cada vez que fumada. “No sé que decirte”. O sea lo sé hace mucho tiempo. “Ahora creo”. Siempre lo creeré. “No lo sé”. Es que si lo sé, pero no puedo reconocerlo.
Tres meses después la logré encontrar. Fue una reunión provocada. Sabía que iría. Quería enfrentar mi infierno. Saludé con cortesía. Me perdí en las conversaciones. Me crucé tres veces con ella. Intercambiamos una mirada. Ella evitó mis ojos dos veces. Le toqué el hombro al saludarla y despedirme. No nos miramos al sentarnos cerca. Lo único que le dije fue: cuídate. Ella solo me dijo: Chau.
Pasaron varias semanas antes de volverla a ver. Estaba en un bar con unos amigos. Muchas cervezas, chistes malos y miradas cómplices. Ella bordeó la barra. Se dejó ver y la miré. Levanté las cejas para saludarla. Ella buscó su risa más reluciente. Ella me dió un largo beso en la mejilla. Ella sonrió nerviosa. Le toqué el hombro mientras hablábamos. Ella habló mucho pero no logró una conversación coherente. La abracé con fuerza. Me despedí rápido. Le dije: cuídate. Ella buscó en adiós en el suelo. Me miró, me tomó la mano y me dijo: tú también.
No sé que decirte. Ahora creo que no puedo asumir todo esto. No lo sé, tan solo no lo sé. Fuero mis últimas palabras antes de despedirme de ella. Planeé esas palabras durante dos semanas. Frente al espejo, antes de dormir y cada vez que fumada. “No sé que decirte”. O sea lo sé hace mucho tiempo. “Ahora creo”. Siempre lo creeré. “No lo sé”. Es que si lo sé, pero no puedo reconocerlo.
Tres meses después la logré encontrar. Fue una reunión provocada. Sabía que iría. Quería enfrentar mi infierno. Saludé con cortesía. Me perdí en las conversaciones. Me crucé tres veces con ella. Intercambiamos una mirada. Ella evitó mis ojos dos veces. Le toqué el hombro al saludarla y despedirme. No nos miramos al sentarnos cerca. Lo único que le dije fue: cuídate. Ella solo me dijo: Chau.
Pasaron varias semanas antes de volverla a ver. Estaba en un bar con unos amigos. Muchas cervezas, chistes malos y miradas cómplices. Ella bordeó la barra. Se dejó ver y la miré. Levanté las cejas para saludarla. Ella buscó su risa más reluciente. Ella me dió un largo beso en la mejilla. Ella sonrió nerviosa. Le toqué el hombro mientras hablábamos. Ella habló mucho pero no logró una conversación coherente. La abracé con fuerza. Me despedí rápido. Le dije: cuídate. Ella buscó en adiós en el suelo. Me miró, me tomó la mano y me dijo: tú también.
Una canción: Playground Love de Air
domingo, noviembre 25, 2007
No se puede ser más triste
Uno cuando es un post adolescente cree siempre que no se puede ser mas triste. Yo a los 19 años vivía los problemas de amor más grandes del universo. Reales tragedias griegas, terribles telelloronas venezolanas y cursilescas películas gringas. Nunca había un nuevo comienzo. Siempre era el final de mis días como enamorado. Nunca creí en el mañana.Yo estaba al borde de una piscina, de noche, viendo como ella se bañaba. Ella nadaba de un lado a otro sin espantarse con mi presencia. Es más, creo que estaba feliz de que su ex noviecito (estuve con ella dos meses) la contemplara. Su cuerpo se perdía entre el celeste del agua con cloro, mientras sus ojos rojos se iluminaban con los reflectores submarinos.
Ella jugueteaba con el agua, chapoteando con tiernas amenazas de mojarme. Yo me sonreía. Era uno de esos días en los que me sentía invulnerable. Ella se abrigó con una toalla y jaló una silla a mi lado. Yo la miré. Ella sonrió y se acercó aún más.
Te tengo algo que contar, pero me juras que no te amargas, me dijo medio en broma, medio en serio. Dime no hay problema. Si hay problemas y muchos pensé. ¿Te acuerdas la fiesta de July?, me interrogó. Claro, sí me acuerdo, llegaste conmigo pero desapareciste, dije con sarcasmo. Ese día me besé con Rodrigo, dijo sin pasar saliva. Vete a la mierda, le susurre al oído.
Ella quiso abrázame. Me mojó la camisa. Yo me liberé de sus brazos y salí corriendo. Con todo el derecho de un ex despechado me creí traicionado. Sin ninguna razón lógica o legal era un jovenzuelo enamorado que se sentía desengañado por el amor de una perversa niña indecisa y besucona.
En la casa de playa de mi mejor amigo había una gran fiesta. Me hundí en la muchedumbre y repartí risas hipócritas. Me serví un muy cargado vaso de vodka con Sprite y me lo eché de un solo trago. Cuando esa multitud se fue individualizando y las miradas se daban cuenta de mi presencia es que decidí escapar.
Corrí hacia la playa y me refugié en las sombrillas de paja. Esa fue la primera vez que le conté al mar mis penas de amor. Conversé largo rato con él hasta que una sombra me trajo a la realidad. Era una chica que al igual que yo se confesaba ante las olas. Estaba en cuclillas tirándole arena a la espuma.
Yo sequé mis gélidas lágrimas y me acerqué a ella. Parece que estamos en las mismas, la interrumpí. Ella me miró de arriba abajo, respiró y decidió hablarme. Si pues parece que estamos en la misma situación. ¿Tú por qué haz escapado?, le pregunté. Luego las palabras fueron yendo de un oído a otro hasta lograr una cómoda conversación.
Ella me contó de cómo su mejor amiga se había besado con un chico que a ella le gustaba (vaya tragedia), mientras yo le hacia un recuento detallada de cómo la perra de mi ex había agarrado con Rodrigo. Los dos vivíamos con extremo dolor y al borde del llanto tremendos dramas.
Era una escena demasiado cinematográfica como para no vivirla. Dos tristes que se encuentran en medio de una playa para confesar su abatimiento. Su rostro era una gran sombra, en donde lo único que brillaba eran sus lágrimas. Tenía el cabello largo y las piernas aún más largas. Era de sonrisa aguda y sollozo grave. Tenía un lindo perfil y seguramente unos ojos muy lindos. La veía pero no la reconocía. Sabía que era linda aunque no pudiera escrutarla con la mirada.
Antes de irme le explique lo novelesco de nuestro encuentro. Le confesé que era como un poema triste o un libro de afligidos. Que nuestra escena era la de una tragedia teatral y el instante cumbre de una película de Meg Ryan. Un momento tan único que tan solo podría ser realmente especial si lo culminábamos con un beso. Un beso de redención. Un instante de traición. Una historia para contar y un secreto que revelar.
Ella sonrió y por fin sentí un poco de felicidad en su desdicha. Miró al mar y le dijo que no se lo cuente a nadie y barrio a la luna y las estrellas para que no hubiera luz. Mi propuesta no tenía resquicios para la negación. No había forma de no vivir este cuento corto de final obvio.
Nos arrodillamos uno frente al otro mientras el mar nos espiaba. Yo tomé su hombro mientras ella acercó su boca. Me dio un beso en la mejilla. Las olas resonaban haciendo un rumor de nuestra culpa. Yo me sentía aliviado con su beso. Ella, traicionada por su poca audacia. Se acercó de nuevo a mí y me besó con fuerza sin abrir la boca. No me dio tiempo para abrazarla. Tras varios segundos ella huyó.
Corrió por la arena. Un gusto en conocerte, ya nos veremos, dijo a voz en cuello mientras se alejaba. Yo mate mi miseria en un instante. La tristeza no existía y mi corazón estaba limpio. Supe que no era tan triste y reconocí el valor de la redención en los besos de otra mujer. El mañana nunca es peor y si es peor habrá que experimentarlo.
Regrese a la fiesta y no conté lo que me había pasado. Nunca se lo conté a nadie. Era una historia demasiado cliché y cursi para hacerla un cuento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)