“Hola bebe”. Una puta siempre saluda camino a la oficina. Un cuerpo aguado y sobreexplotado. Unos mofles escondido por su ropa negra. Unos senos destrozados por manos ajenas y unas piernas cansadas de las eternas esperas en la misma esquina. Su cara está descuartizada por el rubor, el rimel y el lápiz labial de payaso. Sus dientes son amarillos por los cigarros que ya no la hacen interesante. Los labios son flácidos por los miles de felatíos. Sus ojos reflejan una lujuria desgastada.
Una puta de recorrido extremo, tarifas bajas y de calles pestilentes. Ya no es una golfa por dinero y aún menos por placer. Es una costumbre, una forma de vida enmarcada en los desconocidos conocidos. Sus fieles clientes que pasan siempre a la misma hora, en el mismo instante, con las ganas de ser abrazados y con intensión de pagar por cariño.
Para ella ya dejo de ser un trabajo o un método de hacer dinero. Sino una insana realidad. Una sana vanidad de ser deseada. Un amor fingido que solo se da cuando es pagado. Un cariño profesado que además es abonado en una cuota al final del acto.
Una habitación oscura con un tono rojo erótico, otorgado por el único foco que cuelga del techo. Las luces del televisor cambian la tonalidad del cuarto. Una porno en la pantalla le da el ambiente sórdido al encuentro. Los gemidos resuenan en las descascaradas paredes antes de que haya sexo en la habitación. Un catre de hierro en medio domina la escena. Suena y resuena a penas lo tocas. Preciso para el sonido del sexo.
Las piernas abiertas, los brazos apretando. La oscuridad como cómplice de su fealdad. Los gemidos de película aún cuando ni siquiera es tocada. Los halagos de tu grandeza aunque no lo haya visto.
El dinero no importa. El sexo tampoco. El amor solo es un recuerdo. El cariño una retribución ajena a ella. Una conversación con voz cansada de gemir. Una mirada que quiere hablar. Esta vez las gotas no fueron semen sino llanto. “Gracias bebe por escuchar”. A veces llorar es mejor que el sexo.